Artículo realizado en colaboración con la doctora María Francisca Inostroza, especialista en Medicina familiar.
Partamos por lo básico. El cortisol es una hormona (o mensajero químico) producida por las glándulas suprarrenales, que como su nombre lo dice, se encuentran ubicadas sobre los riñones. Si bien se le conoce como la hormona del estrés, lo cierto es que es indispensable para que nuestro cuerpo funcione correctamente, ya que cumple muchas otras funciones esenciales, como regulación del metabolismo, control de la presión arterial, y participación en la respuesta inmune e inflamatoria.
El cortisol tiene un ritmo natural a lo largo del día, alcanzando sus niveles máximos durante la mañana, para ayudarnos a mantenernos alerta e iniciar nuestras actividades, y luego disminuyendo progresivamente hasta alcanzar sus niveles más bajos en la noche, para favorecer el sueño y el descanso.
Además de este ritmo natural o circadiano, cuando enfrentamos una situación estresante, nuestro cerebro activa una serie de mecanismos que aumentan la producción de cortisol de manera transitoria. Esto puede ocurrir tanto ante estresores físicos (como enfermedades, cirugías o accidentes), como psicológicos (como problemas financieros, laborales, familiares, entre otros).
Esta respuesta es conocida como fight or flight, y tiene un rol adaptativo que ha permitido la supervivencia de nuestra especie. Permite que junto a otras hormonas que son secretadas en este tipo de situaciones, el cortisol se eleve para mantenernos alerta y poder enfrentarnos a las amenazas o escapar de ellas.
Si bien el cortisol se eleva ante el estrés, en situaciones normales este fenómeno es transitorio. Sin embargo, existen factores que pueden alterar el funcionamiento normal del sistema que regula el cortisol, especialmente cuando se mantienen por períodos prolongados, como:
Estas situaciones pueden desencadenar un fenómeno conocido como estrés crónico, en el que los mecanismos adaptativos del organismo van mucho más allá del cortisol.
Es importante, que tengas presente que, en los momentos de estrés crónico, el problema no es el cortisol en sí, sino que la situación, estímulo o evento que lo genera, y los mecanismos de enfrentamiento que tenemos frente a ellos.
Por lo tanto, más que enfocarnos en bajar el cortisol, la recomendación es abordar las causas que pueden estar alterando este equilibrio en el organismo.
Antes de intentar modificar directamente los niveles de esta hormona, los siguientes hábitos pueden tener un mayor impacto en tu salud:
En la gran mayoría de las personas, no. Si bien es frecuente encontrar información en redes sociales que atribuye múltiples síntomas y signos al cortisol alto, promoviendo realizar mediciones de sus niveles sanguíneos, la verdad es que la medición del cortisol no forma parte del estudio habitual del estrés, ansiedad ni cansancio, y tampoco debería ser parte de los exámenes de un chequeo general.
Esto se debe a que el cortisol cambia naturalmente a lo largo del día, y también puede variar según el horario de la toma de muestra, el sueño, el ejercicio, una enfermedad reciente, uso de anticonceptivos en mujeres e incluso la ansiedad que produce el propio examen. Por lo que, un resultado aislado aporta muy poca información y puede llevar a interpretaciones erróneas. Además, no es necesaria su medición para el diagnóstico de estrés.
Esta medición está indicada sólo cuando existe sospecha de enfermedades muy específicas del sistema endocrinológico, como el síndrome de Cushing (exceso de producción de esta hormona) o la insuficiencia suprarrenal (déficit de producción), y que además son muy poco frecuente. Estas patologías tienen manifestaciones muy específicas, que, de estar presentes, motivarán el estudio correspondiente de parte un médico.
Si estás experimentando estrés persistente, fatiga, problemas para dormir o sensación de agotamiento, puedes reservar una hora por Telemedicina con uno de nuestros profesionales para una evaluación clínica completa e identificar las posibles causas y definir el tratamiento más adecuado para ti. En la mayoría de los casos, esto incluye evaluar tu estilo de vida otras condiciones médicas, más allá que los niveles de cortisol.