¿Qué significa criar con respeto? Este concepto tan popularizado en redes sociales va más allá de modas. La crianza respetuosa propone una forma de acompañar a nuestros hijos con empatía, normas, reglas consistentes y conexión real.
En este artículo te contamos cómo empezar a aplicarla en casa, con ideas simples que pueden marcar una gran diferencia en el desarrollo emocional y la relación de padres e hijos.
También conocida como crianza positiva, se basa en el respeto por las necesidades, emociones y ritmos de los niños, niñas y adolescentes. Promueve que ellos tienen que ir desarrollando habilidades y capacidades según su edad, y que debemos dejar de lado esa mirada que propone que los niños se portan mal por capricho y que por lo tanto hay que corregirlos mediante castigos o formas no saludables. Considera que están aprendiendo a adaptarse al mundo que los rodea, lo cual se hace a través del vínculo que se construye con sus adultos significativos, quienes median en este aprendizaje.
Este enfoque propone:
Utilizar herramientas como la escucha activa, la validación emocional y el apego seguro.
Estilo de crianza democrático, con roles claros y definidos entre padres e hijos.
Establecer reglas con empatía y consecuencias atingentes para promover el aprendizaje.
Evitar cualquier forma de castigo físico o verbal.
A través de estas prácticas, se fortalecen los vínculos afectivos y ayuda al desarrollo saludable de las relaciones con uno mismo y con los demás.
La diferencia entre educación y crianza es que la primera está asociada al aprendizaje formal, mientras que la segunda es el proceso afectivo y cotidiano mediante el cual padres, madres o tutores transmiten valores, emociones y formas de relacionarse.
La crianza respetuosa, al enfocarse en el vínculo y el respeto mutuo, propone una relación de cuidado que se entiende como democrático. Por lo que los padres, son quienes definen los lineamientos básicos para propiciar un contexto favorecedor para el desarrollo. Mientras que los hijos pueden expresar sus emociones y pensamientos de manera tal que sean considerados por los adultos. Así, se logra un entorno que favorece el desarrollo infantil y del adolescente en todas sus dimensiones, sobre todo una relación basada en la confianza.
Lamentablemente hay ciertos mitos en relación a la crianza respetuosa, por lo que es importante mencionar que este enfoque no significa permitir todo sin cuestionar, sino entender el origen de ciertas conductas a la luz del desarrollo. Lo que muchas veces se ve como mal comportamiento, puede ser una forma de expresar frustración o manejar emociones difíciles, pedir cercanía del adulto y ayuda para poder ir conociendo las emociones y como expresarlas de una manera saludable.
El foco está en que los padres y adultos podamos acompañar a niños, niñas y adolescentes con afecto y firmeza, ayudándolos a construir herramientas de autorregulación, resolución de problemas y expresión emocional. En este sentido el modelaje que hacen los padres es significativo, ya que sobre todo los niños aprenden a partir de la imitación.
Beneficios a largo plazo
Los niños que crecen bajo un estilo de crianza respetuosa suelen desarrollar:
Autoestima más sólida.
Vínculo emocional estable con sus cuidadores.
Mejores habilidades sociales.
Esto se traduce en adultos más empáticos, seguros de sí mismos y con capacidad para manejar conflictos de forma saludable.
Además, el modelo fomenta un ambiente familiar basado en la confianza, la conexión y el acompañamiento mutuo en cada etapa del desarrollo integral.
Apego seguro: estar disponibles emocionalmente y responder con sensibilidad.
Disciplina positiva: reemplazar los castigos por consecuencias lógicas, atingente y enseñanza activa.
Límites con contención: marcar lo que no está permitido, pero desde la calma.
Escucha activa: prestar atención genuina a lo que los hijos expresan, sin juicios.
Fomento de la autonomía: permitir que puedan tomar decisiones acordes a su edad.
Como te explicamos anteriormente, la crianza respetuosa no busca tener hijos obedientes ni menos perfectos, sino formar personas libres, empáticas y conscientes. Para empezar a aplicar este enfoque, puedes:
Revisar tus propias creencias sobre disciplina.
Observar tus reacciones frente al llanto, la rabia o la frustración.
Practicar la escucha activa en el día a día.
Reemplazar gritos por preguntas y castigos por consecuencias.
Pedir ayuda si sientes que el proceso te supera.
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