Establecer hábitos de estudio en la infancia trae diversos beneficios, no solo puede ayudar a que los niños mejoren las notas, sino que también favorece el desarrollo de habilidades llamadas funciones ejecutivas, como la capacidad de planificación, atención y memoria.
En términos psicológicos aporta en fortalecer la confianza, autonomía y la capacidad de enfocarse en una tarea que puede no ser siempre agradable, pero si relevante para su proceso de formación. El experimentar un orden en su rutina de estudios, instaurándose como un hábito que esta sistematizado y planificado, reporta beneficios para su desarrollo integral.
En la niñez, el tener hábitos de estudio puede ayudar también a que el aprendizaje sea más fluido, menos estresante y parte de la vida diaria. El estudiar con poca anticipación o una gran cantidad de contenido en poco tiempo, puede generar estrés y no lograr un aprendizaje que le permita sentirse seguro.
Las dificultades más frecuentes para formar y mantener este hábito pueden ser:
● Falta de rutina diaria, por lo que no hay un orden predecible de lo que el niño debe hacer.
● Postergación de tareas, dejar para el final el estudio.
● Ambiente poco adecuado.
● Distracciones por tecnología y tiempo en pantalla.
● Desmotivación (“no me gusta estudiar”, “es muy difícil”).
● Falta de apoyo familiar para mediar en la instauración del hábito y mantención.
● Sobrecarga emocional ya sea del niño o de su cuidador principal.
Los padres o cuidadores moldean la conducta y actitud de los niños, por lo que sin palabras podemos preparar y fomentar una apertura real hacia la exploración y ganas de descubrir. Por eso es clave:
Lo esencial es ayudar a que niños y niñas puedan relacionarse positivamente con el conocimiento y el estudio. Con acompañamiento y pequeñas acciones diarias, es posible superar las barreras. Lo importante es la constancia y el apoyo, ayudándolos a organizar los tiempos y espacios, y sobre todo evitar las verbalizaciones en las que se califica su capacidad cognitiva, comparaciones o castigos.
A veces, lo que más ayuda no son los grandes cambios, sino los pequeños gestos cotidianos. Si buscas que el estudio se integre con naturalidad en la vida familiar, puedes probar:
● Establecer una rutina simple y predecible, con un horario definido para el estudio, siempre en el mismo lugar si es posible.
● Cuidar el espacio: una mesa ordenada, buena luz y sin distracciones ayuda a que niñas y niños puedan concentrarse mejor.
● Tener metas realistas, sobre todo cuando son más pequeños y estamos instaurando este hábito, como leer juntos 15 minutos o repasar los temas que hayan resultado difíciles en clases. El estudio también puede ser un momento de encuentro emocional con tu hijo.
● Acompañar sin sobreproteger: interesarse por lo que aprenden, preguntar cómo se sienten y ofrecer apoyo cuando lo necesiten, permitiendo que intenten resolver por sí mismos.
● Hacer pausas para moverse o jugar después del estudio, ayudando así a renovar la energía y mantener el ánimo.
● Favorecer hábitos saludables: dormir bien, mantener una alimentación equilibrada, no exponer a estímulos intensos como juegos virtuales o pantallas y realizar actividad física diariamente.
● Reconocer el esfuerzo y los avances, más allá de las notas, valorando la constancia y la curiosidad.
● Buscar orientación profesional si las dificultades persisten o el estudio se transforma en una fuente de angustia u observas que tu hijo puede tener alguna dificultad de aprendizaje, es importante consultar y así evaluar de manera comprensiva las inquietudes.
A veces, niñas y niños pueden necesitar apoyo adicional, sobre todo si existen problemas de aprendizaje, de concentración, emocionales, desmotivación persistente que afectan su bienestar.
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