Artículo realizado en colaboración con el doctor Alberto Trautmann, especialista en Medicina del adolescente.
Es normal que los adolescentes se sientan cansados de vez en cuando, especialmente si tienen una rutina exigente entre el colegio, las actividades extracurriculares y los cambios propios de su crecimiento.
En esta etapa, se necesita dormir entre 8 y 10 horas cada noche para un descanso adecuado. Si el agotamiento es por falta de sueño, recuperar una rutina de 8 a 9 horas diarias suele ser suficiente para que la energía mejore.
También es habitual que durante el fin de semana los adolescentes duerman entre 11 y 12 horas para compensar la energía utilizada durante la semana. Si después de recuperar esas horas de sueño, el cansancio disminuye, es probable que la causa esté relacionada con hábitos de descanso insuficientes.
Cuando el agotamiento es constante, afecta su rendimiento, estado de ánimo o día a día, es importante prestar atención. En este artículo te explicamos cuándo podría ser una señal de un problema de salud que requiere una evaluación médica.
La más común, presente en casi el 80% de los casos, es la falta de sueño. Y suele estar relacionada con el uso excesivo de pantallas, especialmente cuando celulares, videojuegos, redes sociales o plataformas de streaming son la última actividad antes de irse a la cama.
Este hábito no solo retrasa la hora de acostarse, sino que la luz emitida por las pantallas disminuye la producción de melatonina (hormona que induce el sueño). A esto se suma el retraso del ritmo circadiano en que la necesidad de dormir está naturalmente retrasada en los jóvenes, con la obligación de despertar temprano para ir a clases, disminuyendo sus horas de sueño.
Otra causa frecuente está relacionada con la salud mental. La sobrecarga de exigencias académicas, deportes y actividades pueden provocar agotamiento físico y emocional. Cerca del 5% de los casos corresponde a temas médicos, entre las que se encuentran:
Medicamentos, como los psicofármacos y los antihistamínicos, pueden producir somnolencia o sensación de cansancio como efecto secundario.
Anemia.
Roncopatías con apneas del sueño.
Infecciones como la mononucleosis infecciosa.
Desbalance nutricional.
Fatiga post viral de infecciones comunes, como influenza, el virus de la Mononucleosis Infecciosa, Covid 19, citomegalovirus y el parvovirus.
Apnea obstructiva del sueño (cuando el adolescente ronca).
Diabetes tipo 1.
Asma.
Es importante tener presente, que que, la disautonomía ha comenzado a reconocerse con mayor frecuencia como una posible causa de fatiga persistente.
Cuando se vive en un estado de alerta constante, el organismo mantiene activados los mecanismos de respuesta al estrés, conocidos como "lucha o huida". Si esta situación se prolonga en el tiempo, el cuerpo y la mente terminan con fatiga física y mental.
Además, la tensión muscular permanente implica un mayor gasto de energía, mientras que la preocupación constante y los pensamientos repetitivos propios de la ansiedad también contribuyen al desgaste emocional.
En el caso de la depresión, el cansancio suele estar relacionado con cambios en los neurotransmisores del cerebro, que afectan el estado de ánimo, la motivación y los niveles de energía. Como consecuencia, incluso las actividades más simples pueden resultar agotadoras. También puede causar insomnio, lo que dificulta un descanso reparador, en otro casos, se puede experimentar hipersomnolencia, aunque duerman 10 horas o más, continúan sintiéndose cansados.
Si no mejora con el descanso, se mantiene por más de 2 a 4 semanas o es tan intenso que impide llevar una vida normal, como asistir a clases, realizar sus actividades habituales o compartir con sus amigos, es importante consultar con un profesional de la salud.
También existen señales de alerta que requieren una evaluación médica. Entre los signos físicos se encuentran la pérdida de peso sin una causa aparente, la palidez, los desmayos o la visión borrosa al ponerse de pie, los ronquidos intensos, las pausas respiratorias durante el sueño y la sudoración nocturna.
En el ámbito emocional, es importante estar atentos si el adolescente se aísla, deja de disfrutar actividades que antes le gustaban, presenta un descenso en su rendimiento escolar, se muestra más irritable, llora con frecuencia, expresa sentimientos de desesperanza o descuida su higiene personal.
En una primera consulta con un especialista, se conversa sobre los hábitos y antecedentes de salud, además de un examen físico completo. En esta etapa, el médico puede indagar sobre la cantidad y calidad del sueño, el tiempo de uso de pantallas, la alimentación y el estado de salud emocional.
Según los síntomas, también pueden requerirse evaluaciones con otros profesionales. Por ejemplo, si ronca, puede derivarse a un otorrinolaringólogo para evaluar apnea obstructiva del sueño. Si ha tenido desmayos o visión borrosa al ponerse de pie, se puede solicitar un electrocardiograma.
Además, pueden pedirle a tu hijo o hija distintos exámenes de laboratorio para identificar posibles causas del cansancio, como:
Hemograma, para detectar anemia o signos de infección.
Ferritina, para evaluar las reservas de hierro.
Perfil bioquímico, que permite revisar la glicemia y la función renal y hepática, además de orientar sobre procesos inflamatorios u otras enfermedades.
Niveles de vitaminas D y B12, cuya deficiencia puede provocar fatiga.
Hormonas tiroideas, para descartar hipotiroidismo.
Serología para el virus de Epstein-Barr, con el fin de diagnosticar una mononucleosis infecciosa.
Electrolitos plasmáticos, que ayudan a evaluar alteraciones relacionadas con la función de la glándula suprarrenal.
Hay otros exámenes como la polisomnografía y el tilt test, que en algunas ocasiones se consideran necesarios, pero dependerá de cada caso.
Si luego de una evaluación clínica y exámenes, no se identifica una causa física, se puede recomendar una evaluación por un especialista en salud mental, como un psiquiatra, para descartar factores emocionales o psicológicos que estén influyendo en los síntomas.
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